1 Corintios 1: 10-18
Hermanos, les ruego por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que se pongan de acuerdo y que no haya divisiones entre ustedes, sino que estén perfectamente unidos en un mismo sentir y en un mismo parecer. Digo esto, hermanos míos, porque los de Cloé me han informado que entre ustedes hay contiendas. Quiero decir, que algunos de ustedes dicen: «Yo soy de Pablo»; otros, «yo soy de Apolos»; otros, «yo soy de Cefas»; y aun otros, «yo soy de Cristo». ¿Acaso Cristo está dividido? ¿Acaso Pablo fue crucificado por ustedes? ¿O fueron ustedes bautizados en el nombre de Pablo? Doy gracias a Dios de que no he bautizado a ninguno de ustedes, excepto a Crispo, y a Gayo, para que ninguno de ustedes diga que fueron bautizados en mi nombre. También bauticé a la familia de Estéfanas. Pero no sé si he bautizado a algún otro, pues Cristo no me envió a bautizar, sino a predicar el evangelio, y esto, no con palabras elocuentes, para que la cruz de Cristo no perdiera su valor. El mensaje de la cruz es ciertamente una locura para los que se pierden, pero para los que se salvan, es decir, para nosotros, es poder de Dios.
Cuando Jesús comenzó a proclamar su mensaje, el grupo que le seguía era bastante homogéneo. Todas las personas eran judías, y para ellas, seguir a Jesús era más un intento de reformar el judaísmo que una ocasión para crear algo radicalmente nuevo.
En el momento de Jesús volver a Dios, deja a los discípulos con este mandato: «pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra». En el Pentecostés, se cumple la promesa de Jesús y los discípulos comienzan a hablar en diferentes idiomas. Estas dos ocurrencias quizás dan dos pistas al grupo de que su llamado es compartir el mensaje más allá del grupo inicial de seguidores y seguidoras. En Hechos, entonces, podemos ver muchos momentos en donde los discípulos son retados a relacionarse con personas diferentes a ellos (Pedro y Cornelio; Esteban y el eunuco; Pablo y todo su trabajo con las comunidades gentiles).
A pesar de esto, la iglesia, desde su comienzo, enfrenta dificultades para romper todas las barreras que dividen a los grupos. Todavía hay tensiones entre las personas de diferentes culturas y creencias que probablemente preferían quedarse en sus propios círculos.
Corinto es, en cierta manera, un experimento que va en contra de la posibilidad de quedarse en aislamiento. Cuando Pablo comenzó la iglesia allí, la gente que formaba parte de ella representaba los diferentes grupos que vivían en la ciudad. Bajo el Imperio Romano, Corinto fue edificada nuevamente como una ciudad importante en el sur de Grecia. Tenía una población mixta de personas romanas, griegas, y judías. Había amos y esclavos, hombres y mujeres, personas de diferentes círculos sociales y económicos, y académicos y el grupo cristiano que creció allí representaba a la población más amplia.
En esta comunidad diversa, podríamos decir que el conflicto era inevitable. La naturaleza humana en ocasiones nos llama a quedarnos entre aquellas personas que tienen nuestras mismas creencias, intereses y pasiones; a conversar preferiblemente con aquellas personas que hablan nuestro mismo idioma y que conocen nuestros contextos. Después de todo, cuando hablo de comidas como el mofongo o digo que parte de mi familia es de Cabo Rojo, estoy hablando en código puertorriqueño, sin tener que explicar más allá entre aquellas personas que nacieron en la misma isla que yo.
Así que, el conflicto florece en la iglesia de Corinto. Las cartas de Pablo nos dan pistas sobre los asuntos que la dividen:
- Había conflictos entre las personas ricas y las pobres: de hecho, las observaciones que encontramos sobre la comunión en Corintios tienen que ver precisamente con personas que tenían más dinero trayendo su propia comida y comiéndosela sin tomar en cuenta que las personas pobres, al tener que trabajar más tiempo, siempre llegaban más tarde y no podían disfrutar de los alimentos.
- También había posibles conflictos entre niveles académicos, y sobre quien «tenía la verdad y quien no la tenía».
Por estos y algunos problemas adicionales es que vemos la división en diferentes partidos... «yo soy de Pablo» o «yo soy de Apolos» o «yo soy de Cefas» o aún, «yo soy de Cristo». Cuando los seres humanos comienzan a ver la necesidad de defender sus propios puntos de vista o sus prácticas, usualmente cerramos filas, buscando a personas que tengan nuestra misma visión para que nos puedan decir que estamos en lo correcto. Esto es lo que sucede en Corinto y es lo que desafortunadamente puede suceder en la actualidad.
Vivimos en una sociedad segregada que en ocasiones se nos hace dificil de reconocer. Si usted mira un mapa que salió hace poco de los Estados Unidos que está basado en el censo, notará que los grupos de diferentes culturas y razas se reúnen en ciertos lugares de las ciudades. Hay vecindades latinas, vecindarios afro-americanos, y así por el estilo. Las partes más pudientes son las menos diversas. Hay varias razones para esto, pero ninguna de esas circumstancias debe servir de excusa para la segregación.
La ironía en el pasaje es que uno de los grupos, tratando de ser mejor que los demás, dicen como punto final que pertenecen a Cristo, como diciendo que ese grupo ha ganado el argumento y que esto hace que sean más importantes que los demás.
Yo trabajo en las oficinas centrales de la Iglesia Presbiteriana (EE. UU.). Eso en ocasiones significa que tengo la oportunidad de escuchar el pulso de la iglesia nacional, y que tengo acceso a información que en ocasiones me es dificil de aceptar o de entender. Ahora mismo, lo que se escucha son los rumores de la división. Algunas iglesias se han ido de la denominación y se han ido a otras denominaciones nuevas o ya existentes. La iglesia ha sido dividida por asuntos que también están dividiendo a la sociedad: la igualdad en el matrimonio para todas las personas, las relaciones entre Israel y Palestina, y el tema de la homosexualidad.
De alguna manera, nos hemos acostumbrado a la división de tal manera que la hemos aceptado como parte natural de nuestra vida. Hasta la iglesia se ha acostumbrado a hacer evangelismo a través de la división. Cada vez que estamos en desacuerdo sobre algo nos separamos. Sin embargo, esto no es lo que encuentro en este pasaje.
Podemos ver que Pablo está intranquilo por esta situación cuando dice «Hermanos, les ruego por el nombre de nuestro Señor Jesucristo que se pongan de acuerdo y que no haya divisiones entre ustedes, sino que estén perfectamente unidos en un mismo sentir y en un mismo parecer». Pablo no esta satisfecho con decir que la división es parte de la naturaleza humana. Él no dejará que la iglesia de Corinto se conforme con una condición dividida. Él les suplica que encuentren una manera de estar de acuerdo. Él les pide que no haya divisiones entre las partes y les ruega que encuentran unidad en una misma mente. No hay soluciones rápidas a las divisiones, pero no podemos aceptarlas como si fueran algo natural. Después de todo, somos el cuerpo de Cristo. ¿Está Cristo dividido? Como iglesia, recibimos el llamamiento a vivir en la unidad que Dios quiere para su pueblo.
Podemos aprender del llamado de Pablo a ser familia, a ser hermanos y hermanas. Recuerdo que en una ocasión, alguien me dijo que el utilizar la imagen de la familia para describir a la iglesia multicultural no era una buena imagen, porque las familias son homogéneas, son iguales. Sin embargo, sé por experiencia que esto no es así, siendo hermana de gemelos idénticos que, a pesar de tener muchas semejanzas, también son muy diferentes.
Las familias no son iguales. Sus miembros piensan de maneras diferentes. Sin embargo, su ADN las une inexorablemente y esa unidad no nos habla de uniformidad. De hecho, su unidad tampoco nos habla de que no habrá conflictos o diferencias. En ocasiones esas diferencias separan y hieren... pero nada puede hacer que la sangre y el ADN no nos una.
Las familias no son iguales. Sus miembros piensan de maneras diferentes. Sin embargo, su ADN las une inexorablemente y esa unidad no nos habla de uniformidad. De hecho, su unidad tampoco nos habla de que no habrá conflictos o diferencias. En ocasiones esas diferencias separan y hieren... pero nada puede hacer que la sangre y el ADN no nos una.
Pablo nos ruega, nos suplica, nos pide que nos demos cuenta de que aquellas personas con las que estamos teniendo conflictos son, sobre todas las cosas, nuestras hermanas. Nos dice que hemos recibido el llamado, aún en medio del conflicto y el desacuerdo, a cuidarnos, a preocuparnos y a amarnos mutuamente, dándonos cuenta de que lo que nos une es más fuerte.
Leí este blog llamado «Cuando los cristianos aman más a la teología que a la gente» (When Christians love theology more than people». Stephen Mattson, el autor, dice que a nadie le importa la teología más allá de la iglesia y que lo importante es la manera en que tratamos a otras personas. Él da varios ejemplos:
- Cuando estoy enfermo y tu me traes comida, a mi no me importa si eres calvinista o arminiano.
- Cuando soy pobre y me das dinero y comida, a mi no me importa de que generación eres.
- Cuando me visitas en el hospital, y me mandas una canasta con un mensaje de que me mejore, no me importa de que denominación eres.
- Cuando visitas a mi abuela en el asilo, no me importa que estilo de música uses en el culto de adoración.
- Cuando ayudas a mi padre a trabajar en su jardín cortando su pasto o su grama, no me importa cuál es la traducción de la Biblia que lees.
En resumen... al mundo no le importan las cosas por las que peleamos y discutimos. Al mundo lo que le interesa es que el ADN que nos une es el amor que Dios nos ha dado y que nos hace uno y el amor que en gratitud damos a las demás personas. Cuando nuestra unión no está basada en ese amor, el mensaje de la cruz se convierte en locura: «El mensaje de la cruz es ciertamente una locura para lo que se pierden, pero para los que se salvan, es decir, para nosotros, es poder de Dios».
Por eso...
- Necesitamos estar siempre alertas y ser intencionales al aprender a vivir cada día con nuestras diferencias y a verlas como herramientas valiosas que nos demuestran cada día como ser la iglesia, el cuerpo de Cristo, que Dios quiere que seamos.
- Necesitamos reconocer y nombrar nuestras diferencias, porque son cosas que causan conflicto y que si son reconocidas, nos pueden llevar a sentarnos a la mesa para trabajar con ellas de maneras constructivas.
- Necesitamos reconocer que Jesús nos ha hecho familia. Por eso, lo más importante debe ser valorar el amor que nos une y concentrarnos en eso y en el amor que podemos dar al mundo.
- Necesitamos compartir la experiencia de amor y familia con un mundo que se ha acostumbrado a las divisiones, a los conflictos, a estar en partidos separados, rogándoles, suplicándoles y pidiéndoles que se den cuenta de que hay maneras diferentes de resolver conflictos que Dios nos llama a seguir.
El no hacer esto es locura, es comportarnos como el resto del planeta... y hemos recibido el llamado a proclamar el mensaje de salvación y de amor sin que pierda su valor. Para eso hemos recibido poder y autoridad, no para separarnos y para juzgarnos mutuamente, sino para dar testimonio «en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra».
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