Monday, August 14, 2017

Ansiedad y valentía

Sin ansiedad no hay valentía
La semana pasada participe de un evento en el que me encontré con una cita que me llamó la atención. La cita es de David Steindl-Rast, un monje benedictino que trabajó en el área de dialogo interreligioso. La cita es: «sin ansiedad, no hay valentía».

Cuando pienso en ansiedad, usualmente no pienso en valentía. De hecho, cuando trate de buscar de donde provenía la cita en Google, salieron varias frases: la ansiedad puede llevar a dolores de pecho; la ansiedad puede llevar al estreñimiento, la ansiedad puede llevar a tener cancer; la ansiedad puede llevar a la confusión; la ansiedad puede llevar a toser. Noten que en la lista no dice nada de que la ansiedad pueda llevar a la valentía. 

Interesantemente, el monje dice esta frase en una entrevista. La frase completa es: «Uno tiene que tener ansiedad para ser valiente. Sin ansiedad no hay valentía». Al mirar el pasaje en Mateo 14,22-33, quizás podemos ver esta frase haciendo efecto.

Una historia llena de ansiedad
Esta es una escena dramática en la vida de Jesús y hay elementos de ansiedad por todas partes. Jesús, después de la multiplicación de los panes y los peces le pide a los discípulos que se vayan en un bote. Quien dice que Jesús era introvertido, encuentra su prueba en esta historia. Jesús, después de tener un día ajetreado y lleno de ansiedad, desea estar solo para orar. 

Los discípulos están en el bote. El viento comienza a hacerse más fuerte. Las olas comienzan a ser más altas. Quizás pensamos que para los discípulos esto era normal. Sin embargo, debemos recordar que solo cuatro de los discípulos eran pescadores. Ocho de ellos no lo eran. Y si eso era así, la posibilidad de una tormenta en medio del mar, lejos de la orilla era causa para preocuparse y para no poder dormir. 

Después de pasar una noche tensa y llena de espera ansiosa... ven en el horizonte una figura que parece estar caminando sobre el agua. Sus ojos, llenos de sueño después de pasar una noche en vela, ven una figura fantasmagórica. Hay una versión de la Biblia que dice que estaban tan asustados, que empezaron a gritar.

Jesús les habla: «Anímense... soy yo... no tengan miedo». Sin embargo, es posible que el darse cuenta de que el fantasma es Jesús, les cause más ansiedad. Miles de preguntas podrían llenar sus mentes: ¿a quién estamos siguiendo? ¿Será un hombre real? ¿Qué significa todo esto?

«Uno tiene que tener ansiedad para ser valiente. Sin ansiedad no hay valentía». Quizás este es el sentimiento que se apodera de Pedro al preguntar, de la nada, si él también puede caminar sobre el agua. «Señor, si eres tú, manda a que vaya a ti sobre el agua». La mayoría de la gente que escucha estas palabras piensan en valentía... o quizás piensan que Pedro está medio loco. El hecho es que el hombre, al escuchar el llamado del maestro se tira del barco... pero al ver el fuerte viento y como las olas son más altas de lo que pensaba, comienza a sentir miedo y se va hundiendo lentamente en el mar. El balance entre la ansiedad y la valentía se va del lado de la ansiedad y Pedro siente su pesada carga que lo hala hacia el fondo.

Jesús se da cuenta de lo que está sucediendo y a pesar de las dudas de Pedro, extiende la mano para salvar a su discípulo. Ve que la fe de su discípulo flaquea, ve que las dudas le ahogan y como quiera le ofrece salvación. Lleva a Pedro al bote y al llegar a donde están los demás discípulos el viento hace silencio y las olas se calman. El final de la historia es importante. Los discípulos comienzan a adorar a Jesús y dicen «¡Verdaderamente eres Hijo de Dios!». 

Soy yo
Esta es una historia muy conocida. Estoy segura de que podría haber escrito los párrafos de arriba sin mirar la Biblia. Muchas personas la han interpretado a través de los años. Algunas personas se han enfocado en la oración como tema principal. Otras en el llamado y la misión. Otras en como Jesús nos ayuda a sobrepasar toda tormenta. Otras aún hablan del reino de Dios. Sin embargo, me gustaría enfocarme en lo que trae el balance entre la ansiedad y la valentía en esta historia... y eso se resume en una sola palabra: Jesús.

Jesús es quien está en medio de la tormenta pidiendo a los discípulos que no tengan miedo recordándoles que es él. Esa frase, ego eimi en griego, le recuerda a la primera audiencia que escucha la historia que Jesús es parte del Dios que le habló a Moisés en la zarza ardiente y le dice «Yo soy el que soy». Dios, el poderoso de Israel, es parte integral de quien Jesús es. Jesús, hijo de Dios, es quien calma tormentas. Jesús, hijo de Dios, es quien camina sobre el agua. 

Cuando Pedro se mueve de la ansiedad a la valentía, lo hace con una condición: «Si eres tú... entonces me atrevo a caminar sobre el agua. Si tú me llamas, yo me lanzo. Si tu lo mandas, yo puedo hacerlo». Si eres tú... al decir estas palabras, Pedro reconoce que puede depender del poder del hijo de Dios para hacer lo imposible. Y aún cuando la balanza se va del lado de la ansiedad, la garantía llena de gracia de la salvación está disponible para él. 

Jesús entra a la barca y calma la tormenta. Los discípulos adoran a Jesús y en su testimonio final enfatizan la agenda escondida de Mateo en esta historia. Mateo hace una proclamación clara al mundo: verdaderamente Jesús es el Hijo de Dios. Jesús es la presencia de Dios en la tierra. El reino de Dios está cerca.

Un estudioso bíblico llamado Jae Won Lee afirma que la identidad de Jesús en este pasaje no es necesariamente establecida por el milagro de caminar sobre el agua. Para él, lo decisivo para identificar a Jesús como el hijo de Dios es su palabra y su acto de salvación. Es a través de su testimonio de fortaleza que sentimos que el Hijo de Dios está cerca. Es a través de su amor que nos salva aún cuando la ansiedad nos paraliza que podemos entender que él es la presencia real de Dios en nuestras vidas. ¡Verdaderamente éste es el hijo de Dios!

Charlottesville
Cuando pensamos en el mundo que nos rodea, es fácil reconocer que vivimos momentos de ansiedad. El viernes y el sábado se sintieron como momentos de tormenta. Para mí, empezó con el viento sutil de ver en Twitter las palabras #oremosporCharlottesville. De repente no supe de donde salía el viento. Después me enteré. Vi como el viento de las noticias se hacía mas fuerte. Antorchas, choques, peleas, violencia... todo culminando con un gran rayo de muerte. 

Vi una tormenta de violencia. Vi olas de ansiedad y miedo. Vi vientos destructivos de odio. Vi a gente perdida en el mar, confundidas entre el amor y el odio. Vi a gente reclamando a un Cristo que no reconocí... no al Hijo de Dios que es palabra de vida, que es salvación, que es presencia con quienes tienen temor, sino a una deidad con ojos llenos de fuego que tiene que depender de armas de fuego y armaduras para proclamar su poder. Esta deidad, estoy segura, que se hundiría en el agua por el peso de su odio y de su desamor.

Esta no es la primera vez que hay personas que llevan a cabo actos de odio diciendo que Cristo los avala. Después de todo, es Adolfo Hitler quien en algún momento proclamo que estaba defendiendo al cristianismo cuando dijo que no toleraría a nadie que atacara las ideas del cristianismo porque su movimiento era cristiano. Mientras decía esto, exaltaba a unos seres humanos por encima de otros y mandaba a su ejercito a asesinar a toda persona que no cayera dentro de su ideal.

Esta no es la primera vez que hay personas dentro de los Estados Unidos que llevan a cabo actos de odio, utilizando su mala interpretación de las Escrituras para justificarse. Después de todo, el símbolo que el Ku Klux Clan utilizaba para aterrorizar a familias afroamericanas era una cruz en llamas. 

La ansiedad y el sentido abrumador de horror que sentimos ante lo que sucedió en Charlottesville definitivamente afecta nuestro balance entre la ansiedad y la valentía. Los vientos son fuertes y las olas enormes. Sin embargo, debemos recordar que «uno tiene que tener ansiedad para ser valiente. Sin ansiedad no hay valentía».

La historia también nos recuerda que hubo momentos en donde la iglesia fue valiente. Y su ansiedad comenzó a moverse a la valentía cuando comenzaron por reconocer que verdaderamente servían al Hijo de Dios y a recordar el testimonio de la Escritura sobre quien es Jesús. Así comienza la Declaración de Barmen, que escribe la parte de la iglesia que no cedió ante la tentación de servir a los poderes del mundo en vez de a Jesús.

«Jesucristo, como se nos atestigua de él en la Sagrada Escritura, es la única Palabra de Dios que tenemos que escuchar, y que tenemos que confiar y obedecer, en la vida y en la muerte. Rechazamos la falsa doctrina según la cual la Iglesia podría y tendría que reconocer como fuente de su proclamación, aparte de y además de esta única Palabra de Dios, aún otros eventos y poderes, figuras y verdades, como revelación de Dios». 

Vivimos en momentos de ansiedad... pero debemos reconocer que la iglesia, cuando ha sido valiente, ha reconocido que debe comenzar desde su centro, desde su cabeza, desde su corazón. En la vida y en la muerte, pertenecemos a Jesús. Y ante cualquier mensaje y presencia de odio, venga de un nacionalismo excesivo y enfermizo que pretende borrar todo lo que sea concebido como diferente, venga de la necedad de glorificar a un hombre y a un gobierno que intentó borrar a toda una étnia de la faz de la tierra, o sea que venga de la mala interpretación de las palabras de un gobernante que parece no saber hablar ni discernir más allá de sus pasiones, la iglesia tiene que levantarse y lanzarse, sabiendo que los brazos del Maestro estarán ahí, sea en momentos de valentía o en momentos de ansiedad. 

Nuestra voz tiene que alzarse por encima de los truenos, del viento y de las aguas encrespadas y decir claramente que el racismo es pecado. La fe cristiana es una fe de gracia, amor y paz. Dios ha demostrado miles de veces a través de la Escritura y del sano testimonio de la iglesia que da bienaventuranza a la gente pobre y oprimida. No podemos dejar lugar para las malas interpretaciones y para falsos maestros. El odio no tiene nada que ver con el evangelio que predicó Jesús.   

Tenemos que recordar en lo que creemos y proclamarlo a través de la ansiedad, con la plena seguridad de que nuestra valentía viene de Jesucristo, nuestro Señor.
 
Como nos recuerda la Confesión de Belhar, otro testimonio escrito desde la ansiedad y la valentía:

Creemos que, en obediencia a Jesucristo, su única cabeza, la iglesia es llamada a confesar y a hacer todas estas cosas, 
a ver la unidad como un don y como una labor,
a dar testimonio del mensaje de reconciliación,
a seguir a Dios quien se ha revelado como quien trae justicia y verdadera paz y que es, de forma especial, el Dios de quienes no tienen nada, de quienes son atropellados, de quienes son asesinados, de quienes son oprimidos y que espera que la iglesia le siga en ello, amando como Dios ama. (Basado en las palabra de la Confesión de Belhar)

«Creemos que la iglesia, por obediencia a Jesucristo, su única cabeza, ha sido llamada a confesar y a llevar a cabo todas estas cosas, aunque las autoridades y las leyes humanas se le opongan y aunque como consecuencia de ello se sufran castigos y padecimientos. ¡Jesús es el Señor! ¡Que el honor y la gloria sea al único Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, por los siglos de los siglos! Amén.» (Parte final de la Confesión de Belhar



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