Este fue mi sermón de Jueves Santo, utilizando a Juan 13: 1-17, 31b-35, como base escritural.
En una noche ordinaria...
Desde que me mudé a los Estados Unidos hace casi 10 años atrás, los rituales y ritmos de la Semana Santa me confunden. Estaba acostumbrada a una Semana Santa, en que casi todo el mundo tenía la semana libre. En Puerto Rico, la iglesia celebra esta semana intensamente. Hay actividades casi todos los días y todavía recuerdo varios Domingos de Resurrección en donde participaba de tres cultos de adoración: uno al amanecer, uno a las once y el del Presbiterio de San Juan por la tarde. Esto hacía que la semana santa para mí, fuera precisamente eso: un tiempo santo, fuera de lo ordinario, sacramental.
Aquí, mucha gente no tiene días libres. Los niños y las niñas tienen clase el viernes santo. De hecho, en el jueves santo, mucha gente llega al culto de sus trabajos, con sus mentes llenas de cosas que tienen que hacer, listas, cosas que no han hecho, etc.
Usualmente, cuando pensamos en la noche del jueves santo en los evangelios, pensamos en que Jesús está en medio de la celebración de la Pascua judía, la celebración que conmemora la liberación del pueblo de Israel de su esclavitud en Egipto, como es presentada en Éxodo. Es una noche santa, sagrada, especial. Pensamos en la comida especial que se servía en esa noche: el pan sin levadura, el cordero, las hierbas amargas. Pensamos en el silencio, en el ritual. Este ciertamente es el caso en la mayoría de los Evangelios... excepto en Juan.
En Juan, Jesús se encuentra con el grupo de sus discípulos y probablemente mujeres y niños, en una comida ordinaria, la noche anterior a la Pascua. Era una comida ordinaria, en un momento común y corriente del día. Probablemente se reunieron, sin silencios ni rituales, a comer, a charlar, como lo hacemos cada vez que nos sentamos con nuestra familia a la mesa.
¿Qué pasará en esta noche común y corriente?
Es probable que todo el mundo en el aposento sintiera que nada importante iba a suceder en esa noche... excepto Jesús. Jesús sabía que su hora había llegado para pasar de este mundo y volver al Padre. Como una persona que sabe que su tiempo en este mundo va a terminar, Jesús comienza a poner sus cosas en orden. La mayoría de la gente, sabiendo esto, comenzarían a dar un discurso. Y Jesús hace esto. Sin embargo, lo que hace antes de dar ese discurso se convierte en el contexto de lo que dirá y hará después.
La Escritura dice que Jesús «se levantó de la cena, se quitó su manto y, tomando una toalla, se la sujetó a la cintura; luego puso agua en un recipiente y comenzó a lavar los pies de los discípulos para luego secárselos con la toalla que llevaba en la cintura».
Esto no era nada fuera de lo normal en los tiempos de Jesús. Cuando la gente caminaba, sus pies se llenaban de polvo. He visto esto en persona, porque trabajé en una pequeña capilla en Puerto Rico que se llamaba Villa Hugo. Allí, las calles no estaban pavimentadas, y cuando la niñez venía los sábados a la clase de escuela bíblica en las tardes, llegaban con los pies empolvados y sucios. Cuando llovía era peor. Así que, cuando la gente se sentaba a compartir los alimentos al atardecer, siempre se tenía a una persona, sirviente, mujer, o esclavo, que lavara los pies de las personas.
Lo interesante para mí, es que en la modernidad, se nos hace difícil entender lo que sentían las personas que lavaban los pies en esas circunstancias. Cuando lavamos pies, sentimos que es un privilegio, más que una obligación. Y cuando nos los lavan, estamos más preocupados/as por nuestros pies, que por la persona que los tiene que lavan. Comenzamos a pensar en si huelen mal, en si tienen juanetes, o si en tienen hongos... es decir, en lo incómodos/as que nos vamos a sentir. Nos concentramos tanto en eso, que perdemos de vista el significado de este acto.
Así que, cuando Jesús decidió hacer esto, lo hizo como un acto de humildad y de servicio. El Señor se convirtió en esclavo. El Maestro se convierte en siervo. Lo hizo como un acto de amor. Como un acto de amor sacrificial. Sin decir una palabra, Jesús da un poderoso sermón. Y ese sermón es el que es necesario escuchar hoy, porque nos da muchas pistas sobre la naturaleza del amor de Jesús, y sobre las maneras en que se nos manda a amar de la misma manera.
¿A quién le lavaron los pies?
En esta noche común y corriente, Jesús estaba con sus discípulos. Recordemos los nombres de los doce, el círculo más cercano a Jesús. Mateo 10: 2 nos dice que primero estaba Simón, llamado Pedro y Andrés su hermano; luego Jacobo y su hermano Juan, hijos de Zebedeo; Felipe, Bartolomé, Tomás, Simón el cananista y Judas Iscariote, que después lo traicionó. Hombres de diferentes trabajos, diferentes antecedentes, diferentes personalidades, diferentes partidos políticos, y diferentes visiones acerca del trabajo de su maestro. ¿Qué recordamos sobre Pedro? Qué era bocón e impulsivo. ¿Qué recordamos sobre Mateo? Que era un recaudador de impuestos, así que era un pecador. ¿Qué recordamos de Juan? El discípulo amado. ¿Qué recordamos sobre Tomás? El que dudó. ¿Qué recordamos sobre Andrés? Uno de los primeros que vio las posibilidades que había en seguir a Jesús. ¿Qué recordamos sobre Bartolomé? Que también le decían Natanael y él fue el que dijo que nada bueno podía salir de Nazaret.
El pasaje de Juan, solamente menciona a dos discípulos por nombre: Judas, quien desde el principio es señalado como alguien que fue influenciado por el diablo para que traicionara que Jesús y Pedro, quien se niega a que Jesús le lave los pies diciéndole enfáticamente, que el NUNCA se los lavará.
Estos dos discípulos traen sus miedos, sus mentiras, sus pecados, sus negaciones y sus traiciones a la mesa en este día común y corriente. No era la Pascua... así que no tenían sus caras de santidad puestas. En ese día común y corriente, eran ellos mismos... y Jesús como quiera les lavó los pies.
Jesus lavó los pies de Pedro con su miedo, sabiendo que le negaría. Jesús lavó los pies de Judas, sabiendo que le traicionaría. Jesús lavó los pies de Tomás con sus dudas. Jesús lavó los pies de Bartolomé con sus prejuicios. Jesús lavó los pies de Mateo con sus pasadas trampas. Jesús lavó los pies de todos los demás, aún sabiendo que lo abandonarían. Jesús lavó los pies de todos estos pecadores, no porque estuviesen arrepentidos, sino porque los AMABA. Él sabía que todos eran objetos de la gracia de Dios.
¿Cuál es nuestro mandamiento?
Después de hacer este acto extraordinario en esta noche común y corriente, Jesús comienza a hablar con sus discípulos. Les dice: «¿Saben lo que he hecho con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor; y dicen bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y Maestro les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros». Después les pide lo siguiente: «un mandamiento nuevo les doy: que se amen unos a otros. Así como yo los he amado, ámense también unos a otros. En esto conocerán todos que ustedes son mis discípulos, si se aman unos a otros».
En este día de citar textos sin contextos, nos encanta citar este mandamiento. Nos gusta pensar en que Jesús lavo pies... pero no pensamos en que le lavó los pies a un grupo de personas que lo desilusionaron, que lo traicionaron y que lo abandonaron. A un grupo de personas que en ese momento no se merecían este acto y no se merecían su amor. Se nos olvida que Jesús le lavó los pies a Judas, quien le traicionó y le entregó a la muerte... y como quiera le amó.
Susan E. Hylen hace más énfasis en este punto, diciendo que muchas personas interpretan el llamado a «amarse unos a otros» como un mandamiento que está dirigido amarnos mutuamente dentro de la comunidad cristiana. Pero ella también enfatiza que la inclusión de Judas en el lavatorio de pies sugiere que este amor no puede ser limitado a las personas que pertenecen a nuestra congregación o a gente de la iglesia. Yo iría más allá. Este amor no puede ser limitado a las personas que hablan mi mismo idioma. Este amor no puede ser limitado a aquellas personas que se parecen a mí, que piensan como yo, que les gusta la misma comida que a mí, pertenecen al mismo partido político que yo, son de la misma orientación sexual que yo, tienen las mismas experiencias que yo, o que tengan la misma personalidad. Este amor NO TIENE LÍMITES.
En el contexto de la ley que pasó en Indiana, la que están pensando pasar en Arkansas, y en el contexto de la reacción de la iglesia ante la aprobación de la enmienda 14-f, me preguntó si muchas personas en la iglesia están tratando de limitar el mandamiento de Jesús de amarnos como él nos amó a aquellas personas que piensan o viven sus vidas igual que nosotros/as. Me preguntó si dejaríamos que Judas se sentara a la mesa... o Pedro... o Mateo... o Bartolomé. Quizás dejaríamos que se sentará Juan, que por lo menos en el Evangelio que lleva su nombre se quedó con Jesús en su sufrimiento. Los demás... PARA AFUERA.
El amor sacrificial de Jesús a veces asusta. A veces causa rechazo. La gente traiciona ante ese tipo de amor. La gente niega, ante ese tipo de amor. En ocasiones, ese amor causa que la gente se reúna en grupos sintiendo que se tienen que defender de aquellas personas que retan el tipo de amor que busca amar a otros que piensan igual y no que busca amar a quien piensa diferente. Sabemos quizás tolerar... pero no sabemos amar.
Por eso, Jesús nos pregunta nuevamente... «¿Saben lo que he hecho con ustedes?» Y nos dice:
He lavado sus pies... los he amado aún cuando no lo merecen. Los he amado aunque sé que me van a traicionar, a negar y a abandonar. Me he convertido en el esclavo de Dios por ustedes... les he lavado los pies... así que salgan y hagan lo mismo.
Vayan y amen a la gente, aunque les pase por la cabeza que no lo merecen. Vayan y amen a quienes les hayan traicionado. Vayan y amen a quienes le han negado. Vayan y amen a aquellas personas que llaman pecadoras... porque Jesús les ha amado a ustedes, que también son pecadores/as, que también le han traicionado. Jesús tiene un lugar para todos en la mesa. Vayan y busquen a mas gente para que participen del banquete. Vayan, tráiganlos y lávenles los pies, porque al hacerlo, entonces la gente verá que son mis discípulos. Entonces verán de que se trata el reino de Dios.
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