Salmo 50: 1-6
El Señor, el Dios de dioses, ha hablado;
de este a oeste ha convocado a la tierra.
2 Desde Sión, la ciudad bella y perfecta,
Dios deja ver su esplendor.
3 Nuestro Dios viene, pero no en silencio.
Un fuego consumidor lo precede;
una poderosa tempestad lo rodea.
4 Convoca a los cielos y a la tierra,
pues viene a juzgar a su pueblo.
5 «Reúnan a mi pueblo santo,
a los que han hecho un pacto conmigo
y me han ofrecido un sacrificio.»
6 Y los cielos declaran su justicia;
declaran que Dios mismo es el juez.
Marcos 9: 2-9
2 Seis días después, Jesús se llevó aparte a Pedro, Jacobo y Juan. Los llevó a un monte alto, y allí se transfiguró delante de ellos. 3 Sus vestidos se volvieron resplandecientes y muy blancos, como la nieve. ¡Nadie en este mundo que los lavara podría dejarlos tan blancos! 4 Y se les aparecieron Elías y Moisés, y hablaban con Jesús. 5 Pedro le dijo entonces a Jesús: «Maestro, ¡qué bueno es para nosotros estar aquí! Vamos a hacer tres cobertizos; uno para ti, otro para Moisés, y otro para Elías.» 6 Y es que no sabía qué decir, pues todos estaban espantados. 7 En eso, vino una nube y les hizo sombra. Y desde la nube se oyó una voz que decía: «Éste es mi Hijo amado. ¡Escúchenlo!» 8 Miraron a su alrededor, pero no vieron a nadie; sólo Jesús estaba con ellos. 9 Mientras bajaban del monte, Jesús les mandó que no dijeran a nadie nada de lo que habían visto, hasta que el Hijo del Hombre hubiera resucitado de los muertos.
Experiencias en las montañas
¿Has tenido alguna vez una experiencia en dónde has recibido una revelación divina? ¿Una experiencia como la de los discípulos en donde Dios se ha revelado a tu vida? ¿Un momento en que sentiste que Dios te habló a través de un himno, o un sermón, quizás en el sonido del viento? ¿O cómo dice el salmo... a través de un fuego consumidor, de un amanecer, o mirando a los cielos?
¿Cómo te sentiste? Usualmente pensamos que es una bendición. Nos hace sonreír cuando lo recordamos. Nos llena de un sentido de humildad y de bienestar.
Cuando recuerdo los momentos en la Biblia en los que Dios habla en las cimas de las montañas ... como a Moisés que escucha las palabras de mandamiento de Dios, siempre los asocio con las experiencias que he tenido en un campamento que se encuentra en las montañas de Puerto Rico, un lugar que es el monte santo para el pueblo presbiteriano que vive allí, un lugar llamado el Campamento Presbiteriano el Guacio.
El último día que estuve en Puerto Rico, antes de mudarme a Louisville, lo pasé allí en una conferencia de adultos jóvenes. Al decir las palabras de adios, creo que dependí de un viejo consejo que daban todas las personas que les toca predicar para terminar las conferencias y los retiros. Algo como...
«Esperamos que hayan escuchado la voz del Señor aquí. Han encontrado su bendición y su paz. Han encontrado su amor. Pero ahora... es tiempo de bajar del monte santo para vivir lo que han aprendido y para compartir lo que han visto».
He escuchado alguna versión de estas palabras en muchas ocasiones. Eran dichas porque se sabía que algo poderoso había ocurrido allí. La gente había sentido la gloria y la presencia de Dios. Sin embargo, era importante el enfatizar que había que salir al mundo, había que cruzar las fronteras del monte santo y vivir nuestra fe en la vida diaria.
Los cobertizos del horror
Por eso, al leer el pasaje de Marcos nuevamente, lo conecte con las experiencias en el campamento Guacio y pensé en como Pedro, Santiago y Juan, quisieron quedarse en la montaña para disfrutar de la presencia de Elías, Moisés y de su maestro, disfrutando de la gloria de la revelación divina. Después de todo, ¿qué experiencia sería mejor para tres hombres judíos? Elías representaba a los profetas, Moisés a la ley, y Jesús los había escogido para esta experiencia especial.
Sin embargo, al leer nuevamente los versos, note algunos detalles que se me habían olvidado. Recordaba las palabras de Pedro: «Maestro, ¡qué bueno es para nosotros estar aquí! Vamos a hacer tres cobertizos; uno para ti, otro para Moisés, y otro para Elías». Pero las palabras que no recordaba bien se encuentran después: «Y es que no sabía qué decir, pues todos estaban espantados».
Eso me hizo pensar... ¿espantados de qué? La primera respuesta sería que esto fue una reacción de temor ante un evento sobrenatural. Tuvieron miedo al ver estos «fantasmas» y al ver a un Jesús resplandeciente. El asustarse ante esta visión es algo natural. ¿Quién no se asustaría ante esto? Sin embargo, es interesante que la idea de Pedro de hacer cobertizos viene de su miedo, de su horror. ¿Quién piensa en hacer cobertizos en un momento así?
Otras personas tienen otra teoría de por qué ellos tuvieron terror. Estas personas miraron los pasajes anteriores a Marcos 9 para encontrar pistas:
En Marcos 8: 31, los discípulos escuchan a Jesús hacer su primera predicción sobre la pasión: «Jesús comenzó entonces a enseñarles que era necesario que el Hijo del Hombre sufriera mucho y fuera desechado por los ancianos, los principales sacerdotes y los escribas, y que tenía que morir y resucitar después de tres días».
En Marcos 8: 34-38, Jesús habla a los discípulos sobre la importancia de tomar su cruz para seguirle, para después anunciar: «Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá, y todo el que pierda su vida por causa de mí y del evangelio, la salvará».
En el versículo que no es parte del pasaje de la transfiguración, en Marcos 9: 1, se hace otra mención de la muerte:«De cierto les digo que algunos de los que están aquí no morirán hasta que vean llegar el reino de Dios con poder».
La erudición mira todos estos pasajes para afirmar que, en vez de no querer bajar de la montaña porque están disfrutando de esta experiencia de revelación, los discípulos no quieren bajar porque temen a las consecuencias de entender el verdadero poder de Jesús o de escuchar la voz de Dios. Al ver la gloria, entienden que las palabras que Jesús les ha dicho son reales... y ellos tienen miedo al sufrimiento. Le tienen miedo al rechazo. Le tienen terror a la cruz. Sienten horror ante la posibilidad de morir... y en su terror, se les ha olvidado que con la crucifixión, también viene la resurrección.
Escúchenlo
El otro pasaje que tenía en fragmentos en la mente es el que contiene las palabras de Dios a los discípulos. Cuando una nube los cubre, escucharon una voz: « Este es mi hijo amado». Esas palabras nos recuerdan el bautismo de Jesús. Sabemos que Jesús es el hijo amado y nos gozamos en el saber que nosotros/as también recibimos el amor de Dios. Pero... después de estas palabras, viene el mandamiento: «Escúchenlo».
Me gustó mucho un comentario que leí sobre el Salmo 50 sobre el domingo de la transfiguración que escribió Brian Erickson.
«La posición única del domingo de la Transfiguración y sus hermosas teofanías declaran que la montaña nunca es el final del camino. Dios no nos reúne solamente para que disfrutemos de un show divino de fuegos artificiales. Dios siempre tiene algo que decir, y usualmente algo que pedir».
Así que, en este caso, me imagino que Dios sabe que los discípulos están nerviosos por lo que han escuchado de los labios de Jesús. Así que les recuerda... si tienen miedo, escúchenlo. Si tienen dudas, escúchenlo. Si no quieren bajar de la montaña, escúchenlo. Pero... ¿qué es lo que debemos escuchar?
Simplemente, escuchar a Jesús. Escuchar sus enseñanzas y seguir sus pasos. Vivir con él las consecuencias de quien vive sujeto a la voluntad de Dios. Y en Jesús, podemos ver que seguir la voluntad de Dios es amar, es buscar la justicia y es decir la verdad, sin importar las consecuencias. Y siempre habrá consecuencias, porque los poderes de la tierra siempre pondrán resistencia ante el poder de Dios. Por eso las palabras son simples: escúchenlo y bajen de la montaña. No tengan miedo de la revelación. Tomen su cruz. Sigan a Cristo. La gloria que han visto no es para asustarles... sino para darles la seguridad del poder de Dios.
Nuestro llamado
¿Qué lecciones podemos entonces sacar de este pasaje?
Hay que vencer la tentación de hacernos cobertizos: en ocasiones, las palabras de Dios nos pueden causar temor. Recuerdo que cuando estuve segura de que Dios me estaba llamado al ministerio, no podía ver a nadie predicando en la televisión, porque me ponía nerviosa. Tenía mis dudas, porque no podía concebir el pararme al frente de la gente a hablar por 20 o 30 minutos. Pero Dios fue sacándome del cobertizo del nerviosismo, llenándome de palabras y de experiencias. Por eso puedo reconocer que las revelaciones divinas pueden ser de bendición, pero también nos pueden causar temor. Sin embargo, el llamado es a bajar de la montaña. No nos podemos acomodar en los cobertizos de la comodidad. Si Dios te ha llamado, Dios tiene un plan para ti y aquel que empezó la buena obra en ti, sera fiel en completarla.
Escuchar es un mandamiento: la otra lección es que tenemos que escuchar a Dios. Realmente escucharle. Creerle. Confiar en Dios. Escuchar todo lo que nos dice y no solamente las palabras que queremos escuchar. Jesús nos hablará de amor, pero también nos hablará de sufrimiento. Jesús nos hablará de aceptación, pero también nos hablará de rechazo. Jesús nos hablará de crucifixión... pero también nos hablará de resurrección. Y en sus palabras encontraremos que un mundo nuevo es posible, un mundo en donde la amenaza de la muerte no podrá dominar nuestras mentes y en donde el poder de Dios y su gloria iluminarán de tal manera nuestras tinieblas que podremos sentir la valentía que necesitamos para salir hacia adelante. Como dice Pablo en 2 Corintios 4: 6, «Porque Dios, que mandó que de las tinieblas surgiera la luz, es quien brilló en nuestros corazones para que se revelara el conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Jesucristo».
Por eso, termino esta reflexión con la misma comisión que recibí y que dejé con los adultos jóvenes cuando dejé el monte santo para venir a Louisville, Kentucky... con una pequeña adaptación:
«Espero que hayan escuchado la voz del Señor. Es posible que se hayan asustado y quizás estén un poco nerviosos, pero también han escuchado la promesa del amor de Dios y han visto la gloria de Dios en la faz de su hijo Jesucristo. Ahora... es tiempo de bajar de este monte santo, de salir de estas cuatro paredes para vivir lo que han aprendido y compartir lo que han visto. Que así los ayude Dios».
Sunday, February 15, 2015
Sunday, February 8, 2015
Somos de Cristo
Esto es parte de un sermón que prediqué hace un tiempo atrás... en circunstancias presentes lo recordé y lo he convertido en mi primera entrada en la bitácora del camino.
1 Corintios 1: 10-18
Hermanos, les ruego por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que se pongan de acuerdo y que no haya divisiones entre ustedes, sino que estén perfectamente unidos en un mismo sentir y en un mismo parecer. Digo esto, hermanos míos, porque los de Cloé me han informado que entre ustedes hay contiendas. Quiero decir, que algunos de ustedes dicen: «Yo soy de Pablo»; otros, «yo soy de Apolos»; otros, «yo soy de Cefas»; y aun otros, «yo soy de Cristo». ¿Acaso Cristo está dividido? ¿Acaso Pablo fue crucificado por ustedes? ¿O fueron ustedes bautizados en el nombre de Pablo? Doy gracias a Dios de que no he bautizado a ninguno de ustedes, excepto a Crispo, y a Gayo, para que ninguno de ustedes diga que fueron bautizados en mi nombre. También bauticé a la familia de Estéfanas. Pero no sé si he bautizado a algún otro, pues Cristo no me envió a bautizar, sino a predicar el evangelio, y esto, no con palabras elocuentes, para que la cruz de Cristo no perdiera su valor. El mensaje de la cruz es ciertamente una locura para los que se pierden, pero para los que se salvan, es decir, para nosotros, es poder de Dios.
Cuando Jesús comenzó a proclamar su mensaje, el grupo que le seguía era bastante homogéneo. Todas las personas eran judías, y para ellas, seguir a Jesús era más un intento de reformar el judaísmo que una ocasión para crear algo radicalmente nuevo.
En el momento de Jesús volver a Dios, deja a los discípulos con este mandato: «pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra». En el Pentecostés, se cumple la promesa de Jesús y los discípulos comienzan a hablar en diferentes idiomas. Estas dos ocurrencias quizás dan dos pistas al grupo de que su llamado es compartir el mensaje más allá del grupo inicial de seguidores y seguidoras. En Hechos, entonces, podemos ver muchos momentos en donde los discípulos son retados a relacionarse con personas diferentes a ellos (Pedro y Cornelio; Esteban y el eunuco; Pablo y todo su trabajo con las comunidades gentiles).
A pesar de esto, la iglesia, desde su comienzo, enfrenta dificultades para romper todas las barreras que dividen a los grupos. Todavía hay tensiones entre las personas de diferentes culturas y creencias que probablemente preferían quedarse en sus propios círculos.
Corinto es, en cierta manera, un experimento que va en contra de la posibilidad de quedarse en aislamiento. Cuando Pablo comenzó la iglesia allí, la gente que formaba parte de ella representaba los diferentes grupos que vivían en la ciudad. Bajo el Imperio Romano, Corinto fue edificada nuevamente como una ciudad importante en el sur de Grecia. Tenía una población mixta de personas romanas, griegas, y judías. Había amos y esclavos, hombres y mujeres, personas de diferentes círculos sociales y económicos, y académicos y el grupo cristiano que creció allí representaba a la población más amplia.
En esta comunidad diversa, podríamos decir que el conflicto era inevitable. La naturaleza humana en ocasiones nos llama a quedarnos entre aquellas personas que tienen nuestras mismas creencias, intereses y pasiones; a conversar preferiblemente con aquellas personas que hablan nuestro mismo idioma y que conocen nuestros contextos. Después de todo, cuando hablo de comidas como el mofongo o digo que parte de mi familia es de Cabo Rojo, estoy hablando en código puertorriqueño, sin tener que explicar más allá entre aquellas personas que nacieron en la misma isla que yo.
Así que, el conflicto florece en la iglesia de Corinto. Las cartas de Pablo nos dan pistas sobre los asuntos que la dividen:
1 Corintios 1: 10-18
Hermanos, les ruego por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que se pongan de acuerdo y que no haya divisiones entre ustedes, sino que estén perfectamente unidos en un mismo sentir y en un mismo parecer. Digo esto, hermanos míos, porque los de Cloé me han informado que entre ustedes hay contiendas. Quiero decir, que algunos de ustedes dicen: «Yo soy de Pablo»; otros, «yo soy de Apolos»; otros, «yo soy de Cefas»; y aun otros, «yo soy de Cristo». ¿Acaso Cristo está dividido? ¿Acaso Pablo fue crucificado por ustedes? ¿O fueron ustedes bautizados en el nombre de Pablo? Doy gracias a Dios de que no he bautizado a ninguno de ustedes, excepto a Crispo, y a Gayo, para que ninguno de ustedes diga que fueron bautizados en mi nombre. También bauticé a la familia de Estéfanas. Pero no sé si he bautizado a algún otro, pues Cristo no me envió a bautizar, sino a predicar el evangelio, y esto, no con palabras elocuentes, para que la cruz de Cristo no perdiera su valor. El mensaje de la cruz es ciertamente una locura para los que se pierden, pero para los que se salvan, es decir, para nosotros, es poder de Dios.
Cuando Jesús comenzó a proclamar su mensaje, el grupo que le seguía era bastante homogéneo. Todas las personas eran judías, y para ellas, seguir a Jesús era más un intento de reformar el judaísmo que una ocasión para crear algo radicalmente nuevo.
En el momento de Jesús volver a Dios, deja a los discípulos con este mandato: «pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra». En el Pentecostés, se cumple la promesa de Jesús y los discípulos comienzan a hablar en diferentes idiomas. Estas dos ocurrencias quizás dan dos pistas al grupo de que su llamado es compartir el mensaje más allá del grupo inicial de seguidores y seguidoras. En Hechos, entonces, podemos ver muchos momentos en donde los discípulos son retados a relacionarse con personas diferentes a ellos (Pedro y Cornelio; Esteban y el eunuco; Pablo y todo su trabajo con las comunidades gentiles).
A pesar de esto, la iglesia, desde su comienzo, enfrenta dificultades para romper todas las barreras que dividen a los grupos. Todavía hay tensiones entre las personas de diferentes culturas y creencias que probablemente preferían quedarse en sus propios círculos.
Corinto es, en cierta manera, un experimento que va en contra de la posibilidad de quedarse en aislamiento. Cuando Pablo comenzó la iglesia allí, la gente que formaba parte de ella representaba los diferentes grupos que vivían en la ciudad. Bajo el Imperio Romano, Corinto fue edificada nuevamente como una ciudad importante en el sur de Grecia. Tenía una población mixta de personas romanas, griegas, y judías. Había amos y esclavos, hombres y mujeres, personas de diferentes círculos sociales y económicos, y académicos y el grupo cristiano que creció allí representaba a la población más amplia.
En esta comunidad diversa, podríamos decir que el conflicto era inevitable. La naturaleza humana en ocasiones nos llama a quedarnos entre aquellas personas que tienen nuestras mismas creencias, intereses y pasiones; a conversar preferiblemente con aquellas personas que hablan nuestro mismo idioma y que conocen nuestros contextos. Después de todo, cuando hablo de comidas como el mofongo o digo que parte de mi familia es de Cabo Rojo, estoy hablando en código puertorriqueño, sin tener que explicar más allá entre aquellas personas que nacieron en la misma isla que yo.
Así que, el conflicto florece en la iglesia de Corinto. Las cartas de Pablo nos dan pistas sobre los asuntos que la dividen:
- Había conflictos entre las personas ricas y las pobres: de hecho, las observaciones que encontramos sobre la comunión en Corintios tienen que ver precisamente con personas que tenían más dinero trayendo su propia comida y comiéndosela sin tomar en cuenta que las personas pobres, al tener que trabajar más tiempo, siempre llegaban más tarde y no podían disfrutar de los alimentos.
- También había posibles conflictos entre niveles académicos, y sobre quien «tenía la verdad y quien no la tenía».
Por estos y algunos problemas adicionales es que vemos la división en diferentes partidos... «yo soy de Pablo» o «yo soy de Apolos» o «yo soy de Cefas» o aún, «yo soy de Cristo». Cuando los seres humanos comienzan a ver la necesidad de defender sus propios puntos de vista o sus prácticas, usualmente cerramos filas, buscando a personas que tengan nuestra misma visión para que nos puedan decir que estamos en lo correcto. Esto es lo que sucede en Corinto y es lo que desafortunadamente puede suceder en la actualidad.
Vivimos en una sociedad segregada que en ocasiones se nos hace dificil de reconocer. Si usted mira un mapa que salió hace poco de los Estados Unidos que está basado en el censo, notará que los grupos de diferentes culturas y razas se reúnen en ciertos lugares de las ciudades. Hay vecindades latinas, vecindarios afro-americanos, y así por el estilo. Las partes más pudientes son las menos diversas. Hay varias razones para esto, pero ninguna de esas circumstancias debe servir de excusa para la segregación.
La ironía en el pasaje es que uno de los grupos, tratando de ser mejor que los demás, dicen como punto final que pertenecen a Cristo, como diciendo que ese grupo ha ganado el argumento y que esto hace que sean más importantes que los demás.
Yo trabajo en las oficinas centrales de la Iglesia Presbiteriana (EE. UU.). Eso en ocasiones significa que tengo la oportunidad de escuchar el pulso de la iglesia nacional, y que tengo acceso a información que en ocasiones me es dificil de aceptar o de entender. Ahora mismo, lo que se escucha son los rumores de la división. Algunas iglesias se han ido de la denominación y se han ido a otras denominaciones nuevas o ya existentes. La iglesia ha sido dividida por asuntos que también están dividiendo a la sociedad: la igualdad en el matrimonio para todas las personas, las relaciones entre Israel y Palestina, y el tema de la homosexualidad.
De alguna manera, nos hemos acostumbrado a la división de tal manera que la hemos aceptado como parte natural de nuestra vida. Hasta la iglesia se ha acostumbrado a hacer evangelismo a través de la división. Cada vez que estamos en desacuerdo sobre algo nos separamos. Sin embargo, esto no es lo que encuentro en este pasaje.
Podemos ver que Pablo está intranquilo por esta situación cuando dice «Hermanos, les ruego por el nombre de nuestro Señor Jesucristo que se pongan de acuerdo y que no haya divisiones entre ustedes, sino que estén perfectamente unidos en un mismo sentir y en un mismo parecer». Pablo no esta satisfecho con decir que la división es parte de la naturaleza humana. Él no dejará que la iglesia de Corinto se conforme con una condición dividida. Él les suplica que encuentren una manera de estar de acuerdo. Él les pide que no haya divisiones entre las partes y les ruega que encuentran unidad en una misma mente. No hay soluciones rápidas a las divisiones, pero no podemos aceptarlas como si fueran algo natural. Después de todo, somos el cuerpo de Cristo. ¿Está Cristo dividido? Como iglesia, recibimos el llamamiento a vivir en la unidad que Dios quiere para su pueblo.
Podemos aprender del llamado de Pablo a ser familia, a ser hermanos y hermanas. Recuerdo que en una ocasión, alguien me dijo que el utilizar la imagen de la familia para describir a la iglesia multicultural no era una buena imagen, porque las familias son homogéneas, son iguales. Sin embargo, sé por experiencia que esto no es así, siendo hermana de gemelos idénticos que, a pesar de tener muchas semejanzas, también son muy diferentes.
Las familias no son iguales. Sus miembros piensan de maneras diferentes. Sin embargo, su ADN las une inexorablemente y esa unidad no nos habla de uniformidad. De hecho, su unidad tampoco nos habla de que no habrá conflictos o diferencias. En ocasiones esas diferencias separan y hieren... pero nada puede hacer que la sangre y el ADN no nos una.
Las familias no son iguales. Sus miembros piensan de maneras diferentes. Sin embargo, su ADN las une inexorablemente y esa unidad no nos habla de uniformidad. De hecho, su unidad tampoco nos habla de que no habrá conflictos o diferencias. En ocasiones esas diferencias separan y hieren... pero nada puede hacer que la sangre y el ADN no nos una.
Pablo nos ruega, nos suplica, nos pide que nos demos cuenta de que aquellas personas con las que estamos teniendo conflictos son, sobre todas las cosas, nuestras hermanas. Nos dice que hemos recibido el llamado, aún en medio del conflicto y el desacuerdo, a cuidarnos, a preocuparnos y a amarnos mutuamente, dándonos cuenta de que lo que nos une es más fuerte.
Leí este blog llamado «Cuando los cristianos aman más a la teología que a la gente» (When Christians love theology more than people». Stephen Mattson, el autor, dice que a nadie le importa la teología más allá de la iglesia y que lo importante es la manera en que tratamos a otras personas. Él da varios ejemplos:
- Cuando estoy enfermo y tu me traes comida, a mi no me importa si eres calvinista o arminiano.
- Cuando soy pobre y me das dinero y comida, a mi no me importa de que generación eres.
- Cuando me visitas en el hospital, y me mandas una canasta con un mensaje de que me mejore, no me importa de que denominación eres.
- Cuando visitas a mi abuela en el asilo, no me importa que estilo de música uses en el culto de adoración.
- Cuando ayudas a mi padre a trabajar en su jardín cortando su pasto o su grama, no me importa cuál es la traducción de la Biblia que lees.
En resumen... al mundo no le importan las cosas por las que peleamos y discutimos. Al mundo lo que le interesa es que el ADN que nos une es el amor que Dios nos ha dado y que nos hace uno y el amor que en gratitud damos a las demás personas. Cuando nuestra unión no está basada en ese amor, el mensaje de la cruz se convierte en locura: «El mensaje de la cruz es ciertamente una locura para lo que se pierden, pero para los que se salvan, es decir, para nosotros, es poder de Dios».
Por eso...
- Necesitamos estar siempre alertas y ser intencionales al aprender a vivir cada día con nuestras diferencias y a verlas como herramientas valiosas que nos demuestran cada día como ser la iglesia, el cuerpo de Cristo, que Dios quiere que seamos.
- Necesitamos reconocer y nombrar nuestras diferencias, porque son cosas que causan conflicto y que si son reconocidas, nos pueden llevar a sentarnos a la mesa para trabajar con ellas de maneras constructivas.
- Necesitamos reconocer que Jesús nos ha hecho familia. Por eso, lo más importante debe ser valorar el amor que nos une y concentrarnos en eso y en el amor que podemos dar al mundo.
- Necesitamos compartir la experiencia de amor y familia con un mundo que se ha acostumbrado a las divisiones, a los conflictos, a estar en partidos separados, rogándoles, suplicándoles y pidiéndoles que se den cuenta de que hay maneras diferentes de resolver conflictos que Dios nos llama a seguir.
El no hacer esto es locura, es comportarnos como el resto del planeta... y hemos recibido el llamado a proclamar el mensaje de salvación y de amor sin que pierda su valor. Para eso hemos recibido poder y autoridad, no para separarnos y para juzgarnos mutuamente, sino para dar testimonio «en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra».
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