Salmo 50: 1-6
El Señor, el Dios de dioses, ha hablado;
de este a oeste ha convocado a la tierra.
2 Desde Sión, la ciudad bella y perfecta,
Dios deja ver su esplendor.
3 Nuestro Dios viene, pero no en silencio.
Un fuego consumidor lo precede;
una poderosa tempestad lo rodea.
4 Convoca a los cielos y a la tierra,
pues viene a juzgar a su pueblo.
5 «Reúnan a mi pueblo santo,
a los que han hecho un pacto conmigo
y me han ofrecido un sacrificio.»
6 Y los cielos declaran su justicia;
declaran que Dios mismo es el juez.
Marcos 9: 2-9
2 Seis días después, Jesús se llevó aparte a Pedro, Jacobo y Juan. Los llevó a un monte alto, y allí se transfiguró delante de ellos. 3 Sus vestidos se volvieron resplandecientes y muy blancos, como la nieve. ¡Nadie en este mundo que los lavara podría dejarlos tan blancos! 4 Y se les aparecieron Elías y Moisés, y hablaban con Jesús. 5 Pedro le dijo entonces a Jesús: «Maestro, ¡qué bueno es para nosotros estar aquí! Vamos a hacer tres cobertizos; uno para ti, otro para Moisés, y otro para Elías.» 6 Y es que no sabía qué decir, pues todos estaban espantados. 7 En eso, vino una nube y les hizo sombra. Y desde la nube se oyó una voz que decía: «Éste es mi Hijo amado. ¡Escúchenlo!» 8 Miraron a su alrededor, pero no vieron a nadie; sólo Jesús estaba con ellos. 9 Mientras bajaban del monte, Jesús les mandó que no dijeran a nadie nada de lo que habían visto, hasta que el Hijo del Hombre hubiera resucitado de los muertos.
Experiencias en las montañas
¿Has tenido alguna vez una experiencia en dónde has recibido una revelación divina? ¿Una experiencia como la de los discípulos en donde Dios se ha revelado a tu vida? ¿Un momento en que sentiste que Dios te habló a través de un himno, o un sermón, quizás en el sonido del viento? ¿O cómo dice el salmo... a través de un fuego consumidor, de un amanecer, o mirando a los cielos?
¿Cómo te sentiste? Usualmente pensamos que es una bendición. Nos hace sonreír cuando lo recordamos. Nos llena de un sentido de humildad y de bienestar.
Cuando recuerdo los momentos en la Biblia en los que Dios habla en las cimas de las montañas ... como a Moisés que escucha las palabras de mandamiento de Dios, siempre los asocio con las experiencias que he tenido en un campamento que se encuentra en las montañas de Puerto Rico, un lugar que es el monte santo para el pueblo presbiteriano que vive allí, un lugar llamado el Campamento Presbiteriano el Guacio.
El último día que estuve en Puerto Rico, antes de mudarme a Louisville, lo pasé allí en una conferencia de adultos jóvenes. Al decir las palabras de adios, creo que dependí de un viejo consejo que daban todas las personas que les toca predicar para terminar las conferencias y los retiros. Algo como...
«Esperamos que hayan escuchado la voz del Señor aquí. Han encontrado su bendición y su paz. Han encontrado su amor. Pero ahora... es tiempo de bajar del monte santo para vivir lo que han aprendido y para compartir lo que han visto».
He escuchado alguna versión de estas palabras en muchas ocasiones. Eran dichas porque se sabía que algo poderoso había ocurrido allí. La gente había sentido la gloria y la presencia de Dios. Sin embargo, era importante el enfatizar que había que salir al mundo, había que cruzar las fronteras del monte santo y vivir nuestra fe en la vida diaria.
Los cobertizos del horror
Por eso, al leer el pasaje de Marcos nuevamente, lo conecte con las experiencias en el campamento Guacio y pensé en como Pedro, Santiago y Juan, quisieron quedarse en la montaña para disfrutar de la presencia de Elías, Moisés y de su maestro, disfrutando de la gloria de la revelación divina. Después de todo, ¿qué experiencia sería mejor para tres hombres judíos? Elías representaba a los profetas, Moisés a la ley, y Jesús los había escogido para esta experiencia especial.
Sin embargo, al leer nuevamente los versos, note algunos detalles que se me habían olvidado. Recordaba las palabras de Pedro: «Maestro, ¡qué bueno es para nosotros estar aquí! Vamos a hacer tres cobertizos; uno para ti, otro para Moisés, y otro para Elías». Pero las palabras que no recordaba bien se encuentran después: «Y es que no sabía qué decir, pues todos estaban espantados».
Eso me hizo pensar... ¿espantados de qué? La primera respuesta sería que esto fue una reacción de temor ante un evento sobrenatural. Tuvieron miedo al ver estos «fantasmas» y al ver a un Jesús resplandeciente. El asustarse ante esta visión es algo natural. ¿Quién no se asustaría ante esto? Sin embargo, es interesante que la idea de Pedro de hacer cobertizos viene de su miedo, de su horror. ¿Quién piensa en hacer cobertizos en un momento así?
Otras personas tienen otra teoría de por qué ellos tuvieron terror. Estas personas miraron los pasajes anteriores a Marcos 9 para encontrar pistas:
En Marcos 8: 31, los discípulos escuchan a Jesús hacer su primera predicción sobre la pasión: «Jesús comenzó entonces a enseñarles que era necesario que el Hijo del Hombre sufriera mucho y fuera desechado por los ancianos, los principales sacerdotes y los escribas, y que tenía que morir y resucitar después de tres días».
En Marcos 8: 34-38, Jesús habla a los discípulos sobre la importancia de tomar su cruz para seguirle, para después anunciar: «Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá, y todo el que pierda su vida por causa de mí y del evangelio, la salvará».
En el versículo que no es parte del pasaje de la transfiguración, en Marcos 9: 1, se hace otra mención de la muerte:«De cierto les digo que algunos de los que están aquí no morirán hasta que vean llegar el reino de Dios con poder».
La erudición mira todos estos pasajes para afirmar que, en vez de no querer bajar de la montaña porque están disfrutando de esta experiencia de revelación, los discípulos no quieren bajar porque temen a las consecuencias de entender el verdadero poder de Jesús o de escuchar la voz de Dios. Al ver la gloria, entienden que las palabras que Jesús les ha dicho son reales... y ellos tienen miedo al sufrimiento. Le tienen miedo al rechazo. Le tienen terror a la cruz. Sienten horror ante la posibilidad de morir... y en su terror, se les ha olvidado que con la crucifixión, también viene la resurrección.
Escúchenlo
El otro pasaje que tenía en fragmentos en la mente es el que contiene las palabras de Dios a los discípulos. Cuando una nube los cubre, escucharon una voz: « Este es mi hijo amado». Esas palabras nos recuerdan el bautismo de Jesús. Sabemos que Jesús es el hijo amado y nos gozamos en el saber que nosotros/as también recibimos el amor de Dios. Pero... después de estas palabras, viene el mandamiento: «Escúchenlo».
Me gustó mucho un comentario que leí sobre el Salmo 50 sobre el domingo de la transfiguración que escribió Brian Erickson.
«La posición única del domingo de la Transfiguración y sus hermosas teofanías declaran que la montaña nunca es el final del camino. Dios no nos reúne solamente para que disfrutemos de un show divino de fuegos artificiales. Dios siempre tiene algo que decir, y usualmente algo que pedir».
Así que, en este caso, me imagino que Dios sabe que los discípulos están nerviosos por lo que han escuchado de los labios de Jesús. Así que les recuerda... si tienen miedo, escúchenlo. Si tienen dudas, escúchenlo. Si no quieren bajar de la montaña, escúchenlo. Pero... ¿qué es lo que debemos escuchar?
Simplemente, escuchar a Jesús. Escuchar sus enseñanzas y seguir sus pasos. Vivir con él las consecuencias de quien vive sujeto a la voluntad de Dios. Y en Jesús, podemos ver que seguir la voluntad de Dios es amar, es buscar la justicia y es decir la verdad, sin importar las consecuencias. Y siempre habrá consecuencias, porque los poderes de la tierra siempre pondrán resistencia ante el poder de Dios. Por eso las palabras son simples: escúchenlo y bajen de la montaña. No tengan miedo de la revelación. Tomen su cruz. Sigan a Cristo. La gloria que han visto no es para asustarles... sino para darles la seguridad del poder de Dios.
Nuestro llamado
¿Qué lecciones podemos entonces sacar de este pasaje?
Hay que vencer la tentación de hacernos cobertizos: en ocasiones, las palabras de Dios nos pueden causar temor. Recuerdo que cuando estuve segura de que Dios me estaba llamado al ministerio, no podía ver a nadie predicando en la televisión, porque me ponía nerviosa. Tenía mis dudas, porque no podía concebir el pararme al frente de la gente a hablar por 20 o 30 minutos. Pero Dios fue sacándome del cobertizo del nerviosismo, llenándome de palabras y de experiencias. Por eso puedo reconocer que las revelaciones divinas pueden ser de bendición, pero también nos pueden causar temor. Sin embargo, el llamado es a bajar de la montaña. No nos podemos acomodar en los cobertizos de la comodidad. Si Dios te ha llamado, Dios tiene un plan para ti y aquel que empezó la buena obra en ti, sera fiel en completarla.
Escuchar es un mandamiento: la otra lección es que tenemos que escuchar a Dios. Realmente escucharle. Creerle. Confiar en Dios. Escuchar todo lo que nos dice y no solamente las palabras que queremos escuchar. Jesús nos hablará de amor, pero también nos hablará de sufrimiento. Jesús nos hablará de aceptación, pero también nos hablará de rechazo. Jesús nos hablará de crucifixión... pero también nos hablará de resurrección. Y en sus palabras encontraremos que un mundo nuevo es posible, un mundo en donde la amenaza de la muerte no podrá dominar nuestras mentes y en donde el poder de Dios y su gloria iluminarán de tal manera nuestras tinieblas que podremos sentir la valentía que necesitamos para salir hacia adelante. Como dice Pablo en 2 Corintios 4: 6, «Porque Dios, que mandó que de las tinieblas surgiera la luz, es quien brilló en nuestros corazones para que se revelara el conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Jesucristo».
Por eso, termino esta reflexión con la misma comisión que recibí y que dejé con los adultos jóvenes cuando dejé el monte santo para venir a Louisville, Kentucky... con una pequeña adaptación:
«Espero que hayan escuchado la voz del Señor. Es posible que se hayan asustado y quizás estén un poco nerviosos, pero también han escuchado la promesa del amor de Dios y han visto la gloria de Dios en la faz de su hijo Jesucristo. Ahora... es tiempo de bajar de este monte santo, de salir de estas cuatro paredes para vivir lo que han aprendido y compartir lo que han visto. Que así los ayude Dios».
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